La nostalgia como problema
Estaba viendo un vídeo en YouTube titulado “¿Cómo se volvió el mundo tan feo?”.
Un ensayo visual muy bien hecho, con una tesis seductora.
Me gustó. Mucho.
Pero también me notaba incómodo. Más incómodo a medida que avanzaba el vídeo.
Era muy fácil estar de acuerdo.
La tesis
El argumento central es más o menos este:
Para entender una sociedad no hay que escuchar lo que dice, sino mirar lo que construye.
Los victorianos construían:
Alcantarillas como catedrales.
Estaciones de bombeo con orgullo estético.
Infraestructura pública pensada para durar y para inspirar.
Nosotros construimos cajas grises, aparatos invisibles, soluciones “que no molesten”.
Aires acondicionados colgados en fachadas.
Funciona, pero es feo.
Conclusión del vídeo: no hemos perdido capacidad técnica, hemos perdido visión. Solo valoramos la eficiencia.
Pero... ¿Es realmente así?
El sesgo del superviviente
El vídeo muestra lo mejor de la era victoriana.
Lo que sobrevivió.
Lo que se conservó.
Lo que merece cámara lenta y música melancólica.
Pero eso no era lo normal.
Era lo excepcional.
El pasado que vemos es el pasado que ha sobrevivido.
Comparar lo mejor de ayer con lo ordinario de hoy es un truco narrativo muy eficaz… y también muy engañoso.
Recuerdo estar discutiendo una decisión y que alguien argumentara:
“Pues a X (pon aquí el nombre de tu competencia) les ha ido muy bien haciendo Y”.
Lo que suele pasar ahí es esto:
Comparas solo con lo mejor de la competencia e ignoras a todos los que lo intentaron y fracasaron.
Comparas tu realidad, de la que conoces todos los experimentos que salieron mal, con la versión editada del éxito ajeno, donde no ves ninguno de sus fracasos.
Es el mismo error, aplicado a otra escala.
Más gente cambia las reglas
En el vídeo se pone el ejemplo de una farola preciosa.
De hecho, se comenta que seguramente fue una de las primeras farolas de Londres. Y que se hizo un concurso para ver qué farolas colocarían en el paseo al lado de Támesis.
En el momento en que se construyeron, esas farolas eran excepcionales.
Hoy las farolas son infraestructura básica.
Son omnipresentes.
Cuando no tienes que hacer 50 farolas, sino 10.000, cada farola no se trata como un monumento.
No necesito explicarte cómo cambia una organización cuando pasa de 100 a 10.000 personas. Es muy difícil que ese cambio de escala no afecte a cómo funciona y a lo que prioriza.
La ornamentación también era “waste”
Diseñar una estación de bombeo como un palacio no hacía el sistema más robusto ni más eficiente.
Lo que sí cambiaba era el contexto:
el coste de la mano de obra que limpiaba y mantenía esas molduras,
y unas leyes laborales muy distintas a las actuales.
Pero además cumplía una función importante:
Mostrar poder, progreso y ambición.
Vendía una idea: somos un imperio orgulloso.
Era estética, sí.
Pero también propaganda e identidad.
En las organizaciones que más conectan a las personas, no todo lo que se hace está ligado a la eficiencia.
Algunas cosas se hacen para plantar una bandera.
Para decir: “esto lo hacemos porque nos importa algo”, “porque somos así”.
Porque hay un propósito mayor que “hacer más dinero que ayer”.
La desaparición de la autoría
Aquí el vídeo roza algo importante, pero creo que se queda corto.
Antes, las cosas tenían nombres y apellidos.
Bazalgette diseñó el alcantarillado de Londres.
Eiffel firmó una torre.
Brunel puso su prestigio en puentes y estaciones.
Si funcionaba, eras alguien.
Si fallaba, eras el responsable.
Eso generaba dos cosas muy poderosas: responsabilidad personal y orgullo de autor.
Cuando tu nombre va ligado a una obra, no haces algo “suficientemente bueno”.
Haces algo que te dé estatus.
Algo que pueda sobrevivir al juicio del tiempo.
Hoy, casi nada de lo público tiene autor.
Tiene:
un comité,
una comisión,
una licitación,
una línea en un excel presupuestario.
Nadie firma. Nadie gana prestigio.
Pero tampoco nadie asume la culpa.
Sin autor, no hay incentivos para destacar.
Es difícil que algo sea ambicioso, arriesgado o memorable si se diseña por comité.
No es necesario que el autor sea una sola persona.
Puede ser un equipo.
Pero para que algo sea memorable, tiene que haber una visión clara detrás.
Antes había mecenas. Ahora hay presupuestos
El vídeo habla de visión, pero evita hablar de mecenazgo.
Los victorianos tenían:
un país con una visión,
ingenieros con ambición,
promotores que querían dejar huella.
Hoy tenemos:
presupuestos anuales,
ciclos electorales cortos,
titulares diarios analizando cualquier fallo.
El presupuesto no requiere belleza.
Busca ser previsible.
Tu organización probablemente tiene:
objetivos trimestrales,
presupuestos anuales,
un board preguntando por resultados cada 90 días.
¿A qué crees que se parece más?
Un patrón que se repite
El vídeo no va solo de arquitectura y diseño.
Yo veo el mismo patrón que aparece cuando decimos:
que antes vivíamos más conectados con la naturaleza,
que antes la música era mejor,
que antes las relaciones eran más auténticas.
El mecanismo suele ser este:
El presente es complejo e incómodo.
El pasado se idealiza, seleccionando lo que nos interesa e ignorando el resto.
Se concluye que hemos perdido algo esencial como sociedad.
Mi tesis es que es fácil hacerte trampas a ti mismo cuando intentas explicar qué está ocurriendo.
Pero también es fácil caer en la trampa contraria: asumir que lo que sea que idealizas del pasado (la belleza, la simplicidad...) es imposible por la escala, los comités o los presupuestos.
Es más difícil.
Pero sigue siendo posible construir algo memorable.
Nos leemos.
P.D: Si quieres sacar tus propias conclusiones, el vídeo está aquí:





